
Martes 14 de Diciembre de 2010
Del 14 al 28 de diciembre, Cine mexicano de los treinta: inicios de una industria.
El cine sonoro arribó a México hacia 1929. La revolución tecnológica iniciada por el estreno de la película norteamericana El cantante de jazz en 1927 llegaba a un país que, pese a los esfuerzos aislados de muchos entusiastas y no pocos filmes importantes realizados durante los años silentes, carecía de una industria cinematográfica sólida. En ese contexto, personalidades del cine y el periodismo de la época conformaron la Compañía Nacional Productora de Películas. La empresa aprovechó el fracaso del Cine Hispano hecho en Hollywood (versiones en español de éxitos en idioma inglés), para traer a México a profesionales del cine formados en los Estados Unidos y realizar con ellos la primera película sonora mexicana.
Se decidió filmar una segunda versión de la novela Santa, de Federico Gamboa, de la cual ya existía una versión silente. Antonio Moreno, galán latino de Hollywood, fue su director, mientras que el canadiense Alex Phillips se encargó de la fotografía, Agustín Lara de la música y la actriz oaxaqueña Lupita Tovar, también con una reconocida trayectoria en Estados Unidos, encarnó a la heroína trágica de la célebre novela. Los hermanos Roberto y Joselito Rodríguez se hicieron cargo de la sonorización del filme, bajo el sistema llamado Sonido Rodríguez Hermanos. Afortunadamente para sus creadores, la cinta tuvo gran éxito, lo que impulsó a nuevas productoras para realizar filmes bajo la novedad del sonido.
Por lo tanto, en 1931, cuando Santa habló, nació nuestra industria fílmica. Para 1933 México produjo ya 21 películas, disponiéndose a competir con Argentina y España, sus más notorios rivales de habla hispana.
El presente ciclo, compuesto por 12 títulos provenientes en su mayoría de los Acervos fílmicos de la Cineteca, es un recorrido por esa primera década del cine mexicano industrial, en la cual surgieron los primeros cineastas relevantes y se desarrollaron los géneros sobre los cuales sentó sus bases. Así, el melodrama cabareteril alcanzó su máxima estilización con La mujer del puerto de Arcady Boytler, mismo director de esa sabrosa recreación de la carpa y sus urbanos parroquianos que es Aguila o sol, protagonizada por un primigenio Cantinflas.
El cine mexicano de los treinta fue también un espacio para la experimentación que hizo referencia a las vanguardias europeas, como el expresionismo alemán en el caso de Dos monjes de Juan Bustillo Oro. Por su parte, el chileno José Böhr adaptó al cine nacional las convenciones del cine gangsteril con Luponini de Chicago, mientras que Alejandro Galindo, en uno de sus primeros filmes, hacía un curioso atisbo a la Guerra Civil española con Refugiados en Madrid. Redes y Janitzio representaron, respectivamente, tanto a un inédito cine de producción estatal con marcada denuncia social, como a un cine indigenista que más tarde alcanzará su máxima expresión con El Indio Fernández.
Y sin duda es Fernando de Fuentes la mayor presencia de la década. El rostro brutal del militarismo se asoma sin pudor en El prisionero #13, su primer acercamiento a la Revolución mexicana, mientras que el horror y el melodrama son las bases de El fantasma del conventoLas mujeres mandan. Finalmente, Allá en el Rancho Grande trascendió las convenciones de la comedia ranchera para convertirse en la película que abrió los mercados internacionales para nuestro cine.
Consultar aquí la cartelera completa del ciclo
José Antonio Valdés Peña
Cineteca Nacional